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Venezuela: sectas, santería y ocultismo en el oficialismo y oposición

David Placer, periodista venezolano afincado en España, ha publicado en mayo de 2019 el libro El dictador y sus demonios. La secta de Nicolás Maduro que secuestró a Venezuela (Amazon), que sigue la estela de una obra anterior, Los brujos de Chávez, aparecido en el año 2015. Ambos ensayos han causado un notable impacto por el resultado de sus investigaciones, que van más allá de la figura concreta del actual mandatario venezolano y de la situación política del país.

Maduro: la atracción de un gurú

Desde hacía años circulaba por Internet una foto en la que se podía ver, a los pies de un decrépito Sai Baba vestido con túnica azafrán, a alguien que parece ser Nicolás Maduro, actual presidente de Venezuela, unos años más joven y con otras personas admiradoras o devotas del gurú indio. Los defensores de Maduro siempre se encargaron de desmentir la autenticidad de la instantánea.

Sin embargo, la investigación periodística exhaustiva de David Placer le ha permitido presentar ahora los detalles del encuentro que la foto reflejaba: en 2005, cuando Nicolás Maduro era el presidente de la Asamblea Nacional, viajó con su esposa y otros familiares a la India para visitar al célebre gurú en su ashram de Puttaparthi.

Sathya Sai Baba nació en la India en 1926 con el nombre de Sathyanarayana Raju, pero en su adolescencia afirmó ser la reencarnación del santón Sai Baba de Shirdi y muy pronto se convirtió en un gurú ampliamente seguido en miles de centros por todo el mundo. A ello contribuyó la fama que tenía de milagrero, capaz de curar enfermedades, de materializar sustancias y de proezas tales como levitar o bilocarse.

Sai Baba murió en 2011 dejando cientos de miles de seguidores en todo el mundo y también una larga lista de acusaciones importantes de abusos sexuales, además del fraude de sus “milagros” y de todo el imperio económico montado alrededor de su figura y doctrina, ya que era considerado un dios viviente.

En su nuevo libro, David Placer explica que no sólo son devotos de Sai Baba el presidente de Venezuela y, sobre todo, su esposa, sino otras figuras destacadas del gobierno bolivariano, ministros incluidos. En un país en el que, según algunos medios de comunicación, habría 200.000 seguidores del gurú indio.

De esta forma, Maduro “se rodeó de ministros sectarios y fanáticos que tejieron una red de espionaje invisible e inviolable, construyeron las más terroríficas mazmorras y dirigen una red de exterminio para aniquilar a opositores y a chavistas disidentes con total impunidad”, como resume la información de contraportada de El dictador y sus demonios.

Chávez: la santería hecha “oficial”

Estas revelaciones no han extrañado nada después de conocerse el grado de importancia al que llegó la santería (un culto sincretista afroamericano) durante el gobierno del instaurador del actual régimen venezolano, Hugo Chávez, fallecido en 2013. Un hecho que protagonizó el libro anterior de Placer, Los brujos de Chávez, y que ha dado pie a que algunos hablen de la santería como el culto oficial del gobierno venezolano.

La investigación de Placer demostró entonces la influencia social y política de las convicciones del primer presidente de la República Bolivariana. Algo que, por cierto, no supuso una novedad vinculada a su persona, ya que está documentado que sus antecesores en el gobierno venezolano contaron con sus brujos o videntes de cámara.

Lo destacado en Chávez fue el grado que alcanzaron las creencias afroamericanas en la élite social, política y militar del país, alentadas por su principal mandatario. Por ejemplo, los más altos oficiales del ejército viajaban con frecuencia a Cuba para iniciarse en la santería (con el rito denominado “hacerse el santo”).

También hubo ritos, algunos de ellos conocidos públicamente, como la ceremonia ante los restos de Simón Bolívar en plena noche, oficiada por babalawos (sacerdotes santeros) cubanos en lo que sería un caso de Palo, es decir, un tipo concreto de culto afroamericano que precisa del uso de restos humanos, con una fuerza simbólica y ritual muy especial.

Otra constatación importante es la existencia en el Palacio de Miraflores, en Caracas, de una sala dedicada a estos temas, adonde Hugo Chávez hizo llevar la espada de Bolívar, para que la tan venerada arma acompañe una serie de objetos mágicos como calaveras, amuletos, velas y otras ofrendas.

Guaidó: un astrólogo de cabecera

Pero está equivocado quien piense que estas creencias esotéricas se limiten a los gobernantes del régimen venezolano actual. Porque no sólo encontramos ramalazos ocultistas en los mandatarios anteriores, como ya se ha dicho –algo que confirma David Placer al asegurar que desde 1958 todos los presidentes venezolanos, salvo Rafael Caldera, han sido adeptos de la brujería–, sino que se trata de un fenómeno que afecta a la misma oposición a Maduro.

De hecho, por los mismos días en los que Placer estaba de gira de presentaciones de su último ensayo, la revista estadounidense The New Yorker publicó un extenso reportaje de Jon Lee Anderson sobre el líder opositor venezolano Juan Guaidó. En él aparece citado un personaje que acompaña a Guaidó: un hombre llamado David, que se presenta como “el astrólogo del presidente”.

Más allá de lo anecdótico de esta presencia, el reportaje detalla que el astrólogo considera a Guaidó “el elegido” para liberar Venezuela de la dictadura. Y, convencido de que “todos los líderes de Venezuela fueron reencarnaciones de sus predecesores”, señala al líder opositor como descendiente del cacique del siglo XVI Guaicaipuro, símbolo de la resistencia contra la conquista española.

El panorama general de la política venezolana está así, y no puede achacarse a unos u otros su mayor inclinación a lo mágico y esotérico. Aunque es un hecho que se repite en muchos otros países y entornos, con gobernantes de ideologías distintas y en sociedades diferentes entre sí (casas reales incluidas).

La búsqueda de alianzas con los poderes de las sombras es una constante en sectores importantes de los que detentan la autoridad civil, y no deja de ser preocupante pensar en manos de quiénes estamos: de políticos sin escrúpulos ni moral en ocasiones, de sus brujos de cabecera o de aquel a quien suelen servir los profesionales de lo oculto.

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