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Alerta Sextorsión: el juego sexual que puede costar 500 euros y un gran dolor de cabeza

Del deseo al juego y del juego a la desesperación, a la sensación de estar atrapados y no saber por quién, ni adentro de qué, ni por qué. Todas escenas que

conforman una película de terror: sextorsión. Un click desafortunado, empujado por la emoción y de espaldas a la razón, que deriva en un tobogán de soledad y angustia.

¿Quién se anima a contar muy alegremente que durante un intercambio de imágenes, videos y chats eróticos terminó maniatado a una extorsión? Los ciberdelitos o delitos informáticos crecen, ganan terreno, espacio aéreo, perforan la intimidad y abusan de la confianza, se vuelven intangibles y difíciles de contrarrestar.

-Hola… Qué tal?

–Hola, quién habla?

–Hola, disculpá, es la primera vez que te escribo, cómo estás? Perdón por la imprudencia, me llamo Ana tengo 24 años… te escribía para saber si no tenías drama hagamos amistad o lo que surja de mi parte todo bien, se podrá? Todo bien. Qué decís?

No hay respuesta. Media hora más tarde.

–Te puedo videollamar? Estas solo. Yo sí. Así te muestro algo hot de mí en cama. Estoy…

Del otro lado, nada. Diez minutos más tarde.

–Bue! Disculpa entonces. Adiós.

Del otro lado, nada. A salvo.

Un relevamiento de la AALCC (Asociación Argentina de Lucha Contra el Cibercrimen) confirma la tendencia y detalla que en 2019 lleva contabilizadas 173 denuncias de hechos de sextorsión, solo 30 menos que el total de 2018, cuando aún restan cinco meses para cerrar el año. El promedio, en 2016, período que se toma como parámetro inicial del registro, era de menos de una decena de casos por mes. Este año, ese indicador roza los 30 hechos en ese mismo lapso de tiempo. “Y esto es lo que tenemos blanqueado, denunciado por las víctimas. Sin dudas hay más, que no se animan a denunciar, por vergüenza o por temor a sacar a la luz un hecho que le pueda traer otros problemas personales”, cuenta a Clarín Diego Migliorisi, fundador de AALCC.

Las organizaciones son gigantes y difíciles de detectar. El dato más sólido es que las cuentas donde piden depositar el dinero son de Costa de Marfil.

La mayoría de la situaciones se dan a través de Facebook y tiene como víctima a hombres, de entre 30 y 45 años. Una cantidad menor de hechos se suceden en Instagram, una cuota tan baja como la que encuentra al sexo femenino en la mira de la extorsión. También se ejecutan por Whatsapp.

Una aclaración antes de entrar en detalles. Esta variante de delito informático es muy cercana a la porno venganza, pero no es la misma situación. En la sextorsión se busca el beneficio económico a través de una extorsión, bajo la amenaza de difundir material íntimo y sensible. En la revenge porn, una parte trata de desquitarse de la otra con ese tipo de información, sí, pero por un motivo personal y con el objetivo de dañar su reputación en las redes, en su círculo íntimo, sin el móvil económico como eje. Ese incentivo es único y exclusivo de la sextorsión.

“Preciso ayuda urgente, conocí a una chica por Messenger de Face y me hizo desnudar y ahora me amenaza que si no le deposito 5000 pesos en una cuenta va a compartir a todos el video. Sé que lo tiene porque me lo mandó… encima la cuenta no es de acá, es de Costa de Marfil. Por favor ayúdenme. Estoy desesperado. La bloquee pero me contacta de nuevo con otro perfil…”. El relato, corto, preciso y desesperado, es una constante en las vías de comunicación de la ONG que dirige Migliorisi.

La denuncia es fundamental, sirve para mensurar la amplitud del problema, permite iniciar una investigación, poner el tema en el mapa del delito. De todos modos, por el tipo de ilícito, todas las fuentes consultadas acuerdan que la clave es la prevención. Ahí, en ese silencio de chat.

Solo y no tan solo

El juego se abre con un mensaje. Se dispara la sorpresa, es una persona con la que nunca antes hubo contacto. Es ella, que en realidad puede ser él. Es un perfil falso, decenas y docenas de vidas ficticias, puras de atracción y belleza, digitadas por operadores on line en una especie de call center, en algún lugar del mundo. Arman una historia. El objetivo no se ajusta a parámetros preestablecidos: un estudiante, un empleado, un obrero de la construcción. Son pescadores en la red, caiga quien caiga, a la espera del “hola” del otro lado. La carnada es el sexteo, ese dinámico y erótico picoteo de cerebro a base a mensajes, que si luego se traslada a fotos y videos, mejor para el victimario. De ser así, el primer objetivo, el principal, estará cumplido.

Más del 90% de las víctimas son hombres. Caen a través de Facebook, Instagram y hasta WhatsApp.

La información es el sostén de la extorsión. Ellos tienen esa foto o ese video que no le mostrarías a nadie, muchas veces ni siquiera a tu pareja. También poseen algunos de tus contactos, ya pescaron los datos de varios de tus amigos o familiares en Facebook o Instagram. Sin saberlo, se les abrió la puerta y se los dejó entrar. Y dan el golpe final.

El contacto cambia de rumbo, de tono, de forma: “Tengo este video tuyo, este sos vos, te estás masturbando. Si no depositás 500 euros en este número de cuenta, todos estos contactos tuyos lo verán en cuestión de segundos. Tenés 24 horas”. Acto seguido, la comunicación termina y el miedo empieza a correr más rápido que los minutos, que las horas. Cada pensamiento estará en línea con la desesperación.

“Nuestra recomendación es no pagar y hacer la denuncia. Pero sucede que la víctima, ante la desesperación, paga. Y la extorsión sigue. Nosotros tenemos un registro de unos 20 casos por semana en nuestro país”, remarca Migliorisi.

 

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